Georges Perec :
BAJO EL BRILLO DE LAS COSAS

Por Juan GREGORIO AVILES


Una de las tareas de la crítica debería ser
hacer imposible toda comparación.
M.B.

 

Quien ha acompañado a Montaigne en su viaje por las apariencias de las cosas, habrá gustado los placeres que procura a la mirada el distanciamiento escéptico respecto de las mismas. El mundo que, seleccionado en temas más o menos caprichosos, se ofrece en espectáculo a la inteligencia. La ausencia de un plan previo, de una necesidad a la que el autor se tuviera que someter, convierte la lectura de los "Ensayos" -también, de otro modo, es el caso del "Diario de viaje..."- en un desplazar aleatorio de la atención por la superficie de temas que se ofrecen como detalles caprichosos a la mirada despreocupada del paseante. Bien es cierto que, seleccionado un tema, el rigor de su desarrollo satisface las exigencias de la razón hasta el punto en que el lector puede, con rigor, descartar cualquier arbitrariedad. De aquí que las cosas, en los textos de Montaigne, tengan un brillo que no escandaliza en modo alguno los hábitos intelectuales del lector. Incluyendo entre esos hábitos el de verse sorprendido más o menos ocasionalmente por las audacias del autor. Una lectura, pues, que con tanta docilidad se rinde a las exigencias del placer y la satisfacción intelectual, se me hace que se alza sobre una paradoja que quisiera bosquejar. Es un punto central y atrayente de cualquier visión empirista el considerar los hechos y los objetos sólo en cuanto afectan a nuestra experiencia y, en tal medida, son abrazados por ella. Una experiencia en la que el sujeto se dispersa y que, así comprendida, nos dice tanto de la modernidad y del modo de vida que le es propio: lo contingente de cualquiera realidad, su carácter fugaz y su carencia de solidez, de identidad estable. Este errar al través de lo experimentable está en el fondo de los placeres de lo efímero, de la transfiguración de realidades otrora establecidas que aparecen ahora transformadas en metamorfosis sucesivas al hilo de nuestras vivencias, y que nos convierten a nosotros mismos en un puro pasar de una en otra sin motivo para ninguna detención.

Esta celebración de la contingencia, que tanto hace relativa la seriedad de nuestras vivencias, aparece amortiguada, en cierta manera, en la obra de Georges Perec: en la reiteración obsesiva de sus descripciones, enumeraciones y clasificaciones de objetos se puede advertir un fijar la atención minuciosa y escrutadora sin menoscabo del carácter provisorio que bajo su mirada adquiere cualquiera realidad. Con una particularidad. La mirada de Montaigne, distante pero dueña de sí, convierte al autor de los "Ensayos" en un espectador que posee el poder de alejarse de la vida -propia y ajena, incluida la relevancia de las cosas en el mismo vivir, como jalones que articulan lo transitorio de nuestra experiencia-. En último término, aunque el vivir transcurra entre las cosas, conserva su carácter previo respecto a las mismas y, dispersado en ellas, encuentran en él su relevancia y su condición. Este distanciamiento es desconocido para Perec. En una de sus obras, "La vida instrucciones de uso", aparece una imagen ilustradora en grado sumo de esta condición: la aparente solidez de lo real no es sino el elemento en el que -como la carcoma en la madera- discurre el vivir humano. Pero ¿qué es ese vivir sin el elemento que le presta consistencia y solidez? Quitadas las cosas y su aparente permanencia, ¿qué es lo que queda de nuestro vivir?. Aquí, lo contingente -más que pretexto para una mirada despreocupada y juguetona- es la prueba de una suprema banalidad. Si la historia -cualquier historia- es la detención en la memoria (y en sus formas de codificación) de hechos relevantes que se creería que merecen ser salvados de la contingencia, la vida nos aparece como una "cotidianidad sin historia": un desaparecer irrelevante más allá del pretexto que las cosas prestan en socorro de su pretendida solidez.

Pensar/Clasificar: un enroscarse interior de la carcoma en el seno de lo real trazando itinerarios vanos en un ordenar/desordenar, atribuir/distribuir que es el medio en el que el nihilismo adquiere el espesor de lo posible, una consistencia tangible en su provisionalidad. Observada en este ángulo, la subjetividad cartesiana, como realidad autosuficiente y anterior a las cosas, queda desfondada. El sujeto es, extrapolando la expresión de Barthes, el "grado cero" de la historia: lugar de indiferencia que abre todas las posibilidades, siendo este lugar lo imposible como entraña de la realidad. De aquí la centralidad del capítulo titulado "Los lugares de un ardid": un texto donde, bajo la luz distorsionada del psicoanálisis, la biografía propia -la consistencia racional de la subjetividad del autor- queda reducida a pretexto del hablar. Algún crítico ha visto en el análisis una reformulación del método socrático: como un sumergirse del habla -por preguntas sucesivas, cada una de las cuales contiene la anterior- en las profundidades de un yo escondido que, tal Eurídice nocturna, se pretendería arrastrar hasta la luz de la razón, de la historicidad, de la consciencia. Sin embargo, y si al modo shopenhaueriano el sujeto nunca se ofrece al conocimiento, cabría preguntarnos por la plausibilidad de ese resultado o, incluso más allá, por la naturaleza misma del análisis. Es de notar que en el capítulo al que aludimos, Georges Perec omite cualquiera referencia concreta a hechos sucedidos durante el tiempo del psicoanálisis: el análisis es el hecho y lo que se narra es el marco intrascendente -pero no irrelevante- que da consistencia al tiempo del analizar. Como si la escritura se hubiese convertido en una máquina aspiradora que hiciera el vacío sobre la historicidad dejándola reducida a un esquema geométrico de coordenadas no significantes que enmarcara el hecho de narrar. Ninguna alusión, por otra parte, a los conocimientos que el análisis propiciara acerca de ese yo que se autoanaliza: ninguna sustancialidad, en suma. Un perfecto vaciado de la historia que la adelgaza hasta el a priori de su pura temporalidad.

Se trata, pues, aquí de un tiempo puro aún más en la raíz que el tiempo proustiano que éste refiere a propósito de la experiencia de la magdalena. Pues aquí nada se da como objeto del experimentar. De este modo, el ahondamiento en la dirección del escueto "yo" que se persigue obtiene como resultado la conversión del fluir temporal en un presente absoluto provisto de carácter durativo e indefinido. Este presente, detenido e intemporal, es la insignificancia que abraza y engloba todo el orden histórico de nuestra experiencia impregnándola de ahistoricidad. No resultarán extrañas, desde este punto, afirmaciones como la siguiente: "El psicoanálisis no se parece en verdad a un anuncio para calvos; no hay un 'antes' ni un 'después'. Hubo un presente del análisis, un 'aquí y ahora' que comenzó, duró, concluyó. También podría escribir que 'tardó cuatro años en comenzar' o que 'se concluyó durante cuatro años'. No hubo principio ni fin...". O incluso se comprenderá la razón que asiste a G. Perec al señalar el tiempo del análisis como lugar subterráneo, separado de la luz por la costra de la historia, pero que deja su impronta difusa, su sombra y su huella, en la vida y en los textos del autor.

Retomemos, por concluir, aquella imagen del sujeto como carcoma que se enreda entre las cosas. Refiere el autor, en la novela mencionada, que el pie de una mesa noble, roído interiormente, fue inyectado de una sustancia consistente y durable al solidificarse. Cuando ese mueble fue desechado para sustituirlo por una mesa nueva, se pudo descortezar la madera y extraer, nítido, el laberinto que habían sido los itinerarios del insecto, objetivados ahora en los hilos solidificados de aquella solución. Quizás sea éste el auxilio que, en una generosa concesión a Sócrates, la escritura pueda dispensar a nuestra memoria, a la consciencia de nuestro vivir: las palabras ofreciendo consistencia a los itinerarios vanos del movimiento por el que las cosas se digieren a sí mismas en nosotros. Así, esta necesidad de enumerar y clasificar, de pensar y describir, bien puede resultar la irrenuencia de una aspiración de ser. Sin embargo, hecha esta concesión, es preciso señalar que lo que resta en la escritura no es el sujeto ni su historia, el yo ni las cosas, sino el vacío de una historia, su mero itinerario sin rumbo definido ni finalidad. De modo que la aspiración de ser no significaría ya el ser que aspira a constituirse o permanecer, sino el que resulta aspirado en la escritura quedando tan sólo la huella impresa del vacío que el mismo ser es.

Que el espacio circunscrito por el análisis tenga rasgos tan próximos a las escenas oníricas donde nuestra vitalidad se nutre de la obliteración sucesiva de la conciencia, que nos aleje de este modo de nuestra historia, que nos hunda en una oscuridad que advertimos como falla constitutiva de la memoria, todo ello habla -negativamente- del camino del retorno. A sabiendas, incluso, de que el hilo trazado como huella describe el errar que nos dispersa en un laberinto de rutas necesariamente equivocadas. Un camino sin verdad en el que la luz, al modo de Mallarmé, sólo acontece como por un golpe de dados. Por un azar ínsito a cada porción de ese absoluto presente: "Ese día, el analista oyó lo que yo iba a decirle, lo que, durante cuatro años, él había escuchado sin oír, por la simple razón de que yo no se lo decía, de que yo no me lo decía".

(in "Espinosa". n° 1. Murcia 2001)